- LOS GRANDES DOGMAS DEL CAPITALISMO ACTUAL - EL ÚLTIMO CONTRA EL PENÚLTIMO -

La estratificación social es una categorización que ha sido estudiada por numerosos filósofos y pensadores, desde Aristóteles hasta Marx, pasando por Adam Smith o Weber. No es objeto de este artículo entrar muy en detalle acerca de en qué consiste la conciencia de clase, pero adaptar este concepto al capitalismo actual es necesario para que podamos continuar con este viaje, y entender por qué es tan beneficioso enfrentar al último contra el penúltimo.
Las clases sociales nos permiten entender conceptualmente una sociedad, como cuando hablamos de que en la Edad Media la sociedad estaba compuesta por realeza, nobleza, clero, caballeros/vasallos y campesinos. Más adelante, la concentración urbana de la población, la aparición de la burguesía y las distintas revoluciones de las clases obreras fueron transformando las sociedades occidentales. La estratificación social en una sociedad siempre implica una jerarquía más o menos vertical y un grado mayor o menor de migración entre esos estratos. Huelga decir que la migración entre estratos sociales hace unos siglos era apenas inexistente, y hoy en día esa movilidad es mayor gracias a lo que llamamos "ascensor social". Aunque al parecer lo tenemos demasiado sobreestimado.
Por otro lado, está demostrado científicamente que las personas tendemos a la corrupción en la medida en que estamos expuestos a "altas dosis de poder". Nuestro cortex prefrontal encargado de los actos racionales empieza a perder actividad en favor de partes de nuestro cerebro más emocionales. La ciencia no consigue ponerse de acuerdo en cuánto dura este proceso, ya que hay personas que prácticamente desde el primer minuto se comportan de forma egoísta en el poder, y personas que tardan décadas. Lo que sí pueden afirmar es que cada uno de nosotros tenemos una resistencia a la corrupción, pero que tarde o temprano sucumbimos a ella en función de nuestra genética, nuestros valores y nuestra exposición a la realidad. La limitación a dos legislaturas (8 años) de cargos políticos que proponen algunos partidos parece ser bastante acertada en cuanto a la media poblacional.
Cuando se vuelve corrupto, el sujeto empieza a priorizar su bien individual por encima de su sentido de la responsabilidad para con aquellas personas del estrato social al que pertenece. La revolución francesa o la revolución rusa tuvieron como factor común la toma de conciencia de clase por parte de los estratos más oprimidos, hasta el punto de acabar asesinando a la clase dominante para pasar a ostentar el poder. Pero no es casualidad que tras la revolución francesa, aquellos que tomaron el poder tras la realeza (cómo olvidar al ciudadano Robespierre) se volvieran de nuevo parte del problema, y la revolución tuviera que reactivarse. Más recientemente hemos visto casos de revoluciones en nombre del pueblo que en sus primeras etapas han logrado redistribuir la riqueza pero al cabo de unos años se han tornado en estados saturados de corrupción.
A pesar de lo sangriento del episodio, la revolución francesa caló en su sociedad de tal manera que a día de hoy los franceses todavía son conscientes de lo que costó aquella lucha. La inexistencia de una "revolución española" similar a la francesa que triunfara provoca a día de hoy diferencias en la cultura democrática de ambos países. Mientras que en España cuando el último hace huelga, el penúltimo se queja amargamente del último (y viceversa), en Francia ocurre algo diferente: el penúltimo y el último son conscientes de que pertenecen al mismo estrato social, y detectan que la causa de la huelga va más allá, actuando en consecuencia.
En el sistema capitalista actual, si tuviéramos que explicar en un libro de texto cuáles son las nuevas clases sociales, a priori podríamos tener dudas. Pero si factorizamos en función del capital, que en nuestro sistema parece ser ya el único elemento capaz de generar y destruir poder, podemos reducirlo a dos: víctimas y verdugos, dominados y dominantes, perdedores y ganadores del juego.
En lo alto de la pirámide se encuentran las élites económicas, quienes tienen suficiente dinero para cada día tomar mayor distancia con los perdedores sirviéndose de las reglas del sistema. La principal característica de esta clase social es que no puede perder, porque el propio sistema económico no se puede permitir dejarlos caer, y les rescata cuando lo hacen. Supongo que sabrás a qué me refiero. Otra característica, de la que hablaremos otro día, es que podríamos decir que se han "pasado el juego", porque pueden controlar a voluntad además del poder económico, el poder legislativo haciéndose leyes a medida, el poder judicial recibiendo un trato preferente que les evite la entrada en prisión y las sanciones, y el poder de los medios de comunicación, dictando líneas editoriales en los medios de su propiedad.
Por otro lado, la base es el resto del mundo, el 99,9% de la sociedad. Son las personas que mueven la economía real, la que se puede ver cuando damos un paseo por cualquier ciudad. Su capacidad adquisitiva es muy variada, desde quienes recurren a la caridad para poder alimentarse hasta representantes políticos. Todos ellos pagan impuestos y consumen y reciben a cambio una contraprestación en forma de servicios públicos o privados. Tratan de ser convencidos constantemente de satisfacer las necesidades que el sistema les crea. Nadie les protege, dependen de ellos mismos para salir adelante y buscarse un hueco en el mercado. Sobreviven económicamente, se ven afectados por las leyes, que en muchas ocasiones les perjudican, y son castigados duramente cuando no las cumplen.
Y como en toda dinámica de poder, surge un nuevo grupo a caballo entre ambas clases. O mejor dicho, un subgrupo de esta última, que podríamos llamar tomando la terminología tradicional, vasallos. Son como las pequeñas piedras que dan robustez al hormigón con el que está hecha la base de la pirámide, y sin las cuales el sistema sería mucho más frágil. Siendo víctimas, se encargan de proteger a los verdugos, porque están convencidos de que su fidelidad será recompensada con la inclusión en su selecto club, o al menos con las migajas que éstos les dejen, como por ejemplo puertas giratorias en el caso de la clase política. Con la pretensión de aspirar a ello, traicionan al pueblo, a su propia clase social, y adoptan el discurso de las élites como suyo propio. Estamos hablando de jueces, políticos, y todos aquellos ciudadanos de a pie que, ya sea por el miedo infundido por los mass media al servicio de las élites, por una suerte de síndrome de Estocolmo desarrollado hacia sus verdugos o por la esperanza de recibir algunas migajas en forma de un empleo precario, benefician mediante sus acciones a dichas élites. Pero aun así, estos "nuevos socios" del club tardan mucho tiempo en desarrollar esa "inmunidad" que sí poseen las élites, y algunos acaban cayendo como quien sacrifica un peón para proteger a las piezas más valiosas del tablero.
Como mencioné al principio, la propia ciencia nos dice que la solución no puede pasar simplemente por una dictadura del proletariado, porque los nuevos mandatarios estarían condenados a corromperse, y por el camino nos habríamos llevado por delante la democracia (o lo que queda de ella) y creado una dictadura, con lo que eso supone para las libertades del individuo. La solución es mucho más compleja, y depende de todos nosotros. Pero todavía apenas hemos cruzado la corteza, y nos espera un largo y duro viaje al centro del capitalismo.
